amor, literatura, peliculas

Matilde

A menudo pienso en Matilde, personaje de la película “El esposo de la peluquera” (en mi mente reconstruyo la imagen de su atracción fatal hacia el río. Porque no sé si es tal y como lo recuerdo.) Cuando Matilde se ahogó ¿Qué fue lo que se llevó? ¿El horror de la entumecida muerte? ¿O el perfecto amor de Antoine?

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La gemela mala

En realidad no tengo muchas ganas de escribir sobre este tema pero ahí va. Cuenta la leyenda que todos tenemos siete gemelos idénticos a lo largo del mundo. Existen varias definiciones para este hecho y la más aceptada es la palabra alemana doppelgänger cuyo significado próximo es “doble andante”[i]. Dios me jugó una broma pesada, una de esas gemelas me la puso aquí mismo, en un reducido pueblo de apenas 18 mil personas. Y probablemente de las dos, yo sea la que más confusiones ha presenciado en aquella gente que me ha hablado creyendo que soy la otra. Sin embargo, no sólo el parecido nos vincula, también accidentes familiares, coincidencias de amores y hasta el cursar la primaria en la misma escuela. Su edad supera la mía por apenas un par de años, no estoy segura, pero la recuerdo jugando de manera inapropiada con sus compañeros de sexto grado, ellos eran los grandes y yo estaba en tercer o cuarto grado, no lo recuerdo bien.

Pasaron los años y en mi adolescencia jamás me confundieron con ella. La magia (no necesariamente toda la magia es blanca) comenzó a ocurrir en mis veintes, en nuestros veintes. Cuando ella tuvo la fortuna de operarse la nariz. No con ello quiero decir que mi perfil sea digno de rivalizar con el de Ely Guerra, estoy muy lejos de eso, sin embargo su nuevo rostro arrebató la poca originalidad que el mío poseía. Sé que en mis palabras se nota el dolor de una vanidad herida y honestamente es así.

La idea comenzó a aterrarme un día que venía en el autobús y sentada a mi lado una señora dormida hasta babear era mi compañera de viaje. Cuando llegó el momento de bajar ella despertó y se volvió hacia mí, con el rostro aún adormilado y los ojos ligeramente cerrados, me miró y dijo – ¡ay comadrita, aquí viene usted, no la había visto! – me le quedé mirando y le respondí con voz insegura – No, no soy su comadrita – se me quedó mirando, esta vez con los ojos bien abiertos – Discúlpeme, pensé que era mi comadrita, la hija del compadrito – y se apresuró a bajar con una sonrisa un tanto apenada. Yo me quedé perpleja, ¿será que me confundió con ella? ¿Con Z…? Y la sensación fue desagradable.

Mi profesión es modesta, soy profesora. Y ocurrió en un curso de maestros, que fue como mi novatada por parte de la supervisión escolar pues me pidieron coordinarlo, hubo un maestro que le dijo a mi compañero de escuela que yo había sido la coordinadora de su grupo y que ya sabía quién era yo, que me conocía, que yo tenía un negocio en el centro de mi pueblo… – vas a ver, no nos contaste que tienes una tienda- y yo sentí nuevamente esa mezcla de vergüenza e incomodidad. Le expliqué a mi compañero que el maestro se equivocaba, que seguramente me había confundido con mi “gemela mala” y le conté la historia del autobús. No podía creer que una persona que me tuvo varias horas enfrente me haya confundido con otra persona.

Y las comparaciones fueron aumentando más y más. Y es fastidioso porque pega justo en aquello que desde niña he venido persiguiendo: ser única e irrepetible, independiente en mi estilo. Queriendo quitarme las influencias de mi madre y de mi hermana, aunque no he tenido mucho éxito, pero que me comparen con ellas no me molesta.

Hablemos un poco de ella, de mí y del por qué la gente cree que yo soy ella y no al revés.

Primero yo. Como ya he mencionado, aún tengo en mi ser la esencia de maestra rural, aunque actualmente laboro en medio de mucha gente “citadina”, mis habilidades sociales no se han desarrollado del todo (no he querido) y aquí en el pueblo manejo un perfil bajo, desde hace años he dejado de asistir a eventos públicos: misas, ferias, fiestas y velorios; a diferencia de mis padres y hermanos, me conoce poca gente y ni siquiera saben a qué me dedico. Pelusa de ombligo, escalerilla de palo, tengo cero popularidad.

Ella por el contrario es una mujer que se dedica a la política, por lo tanto es una figura pública. Conocida por la mayoría de los habitantes del pueblo, pues ha tenido cargos en un par de administraciones municipales y fue candidata a un cargo importante en las contiendas electorales pasadas, ni más ni menos. Presa de los chismes más sonados del pueblo, pues se rumora que tiene amores prohibidos, mal vistos para esta casta sociedad. Se chismorrea que es muy hábil para endulzar en más de un sentido a los caballeros, logrando así sus propósitos, no quiero decir que no sea una mujer capaz, muy por el contrario, pues cuenta con grados académicos y probablemente tenga mayor cultura que yo; sin embargo he escuchado historias en las que ella es la mala del cuento, aunque todos somos los malos del cuento en algunas versiones. Mujer aduladora, calculadora y manipuladora con quien tenga que serlo. Pero no tengo pruebas de ello. Lo que sí me consta es el maltrato que le hizo a una de mis mejores amigas. Al ser compañeras de campaña política, mi gemela mala tenía en su mano izquierda la batuta de mando en aquella ocasión. Se encargó de humillar y hacer pasar tragos amargos a mi querida amiga. Mostró la uñas, mostró su negro plumaje, mostró el cobre y de qué está hecha.

Tal vez fueron “ellos” los que se encargaron de decirle sobre nuestro gran parecido. Uno de ellos se atrevió a decir que nuestro tono sangrón de la voz también era parecido. Otro me dijo que si, que nos parecíamos, pero que sabía perfectamente que ella se había operado la nariz y que reconocía que mi belleza era natural. Hombres.

Es “temporada de ratas”. Temporada de campañas. Su foto aparece por varios lados del pueblo, volantes y pegatinas lucen su sonrisa retocada. Si la comparo con una de mis mejores fotografías, el parecido salta hacia mis ojos como aceite caliente o gotas de limón. No puede ser. Sé que nos parecemos. Y ahora he pensado en cambiarme el look, nuevo color de cabello, hasta una operación de nariz y bichectomía de paso para lucir como los filtros de instagram. Pero mi economía no da para eso y hacerlo sería como comprar una refinería cuando no hay medicinas. Antes prefiero pagar el tratamiento dental que estoy necesitando.

Tal vez lo mejor es soltarlo. Saltar al acantilado como el cisne blanco para matar ese sentir. Que muera mi inseguridad femenina. Que no me importe que me comparen con otra mujer; que me sea indiferente toparme con alguien que lleve el mismo vestido que yo o los mismos zapatos. Porque así de parecida es la sensación que tengo cuando alguien me dice que me parezco a ella. Yo a ella siempre.

Algunos de mis amigos ya la conocen y se refieren a ella como “la gemela mala”. Tampoco estoy segura de esto, de que ella sea la única mala, porque no es que en esta historia una sea Mr. Jekyll y la otra Mr. Hyde. Lo que sí sé es que es algo con lo que debo aprender a danzar; acepto que esto no es una desgracia, pero si es un reflejo psicológico que me incomoda y me hace cuestionarme sobre mi propia existencia. Tiene un vaho filosófico y psicológico ¿realmente existe la singularidad? Por lo que debo prepararme mentalmente porque la otra puede ser la presidenta del pueblo y ahí si quién sabe cómo nos vaya.

Ceroba


[i] https://www.bbc.com/mundo/noticias/2016/05/160427_doppelgangers_gemelos_extranos_fantasmagoricos_selfies_finde_dv

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Damas blancas

No eres de mi planeta. No respiras de mi aire. Tu voz la escuchan lejanas las montañas nevadas. Altas, frías, blancas y escarpadas. Tú eres del viento, tus manos, tus ojos. Y lo que miras, jamás lo mirarán estos ojos. Eres el sueño no cumplido. Inmunidad a los encantos ofrecidos. Tú indiferencia es fría como las damas que escalas. Tu frente altiva y llena de sudor, es un muro de tu pensamiento siempre tan distante de mí. Por eso me pregunto ¿por qué mi necedad? ¿Por qué la idolatría? ¿Por qué la idealización? Si estamos tan distantes y aun así a veces te sueño y te siento posible.

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Ceroba directora… primero docente

Soy directora… y me estoy dando ánimos para contar mi historia ya que han sido once meses de grandes aprendizajes, en realidad más. Esto es lo que quiero hacer, escribir como catarsis, expulsar este malestar y preocupación que traigo desde las seis de la mañana. Me titulé en el 2007 como licenciada en educación primaria,  normalista antagónica. Ingresé al servicio docente en el año 2008, trabajé casi diez años en primarias multigrado en comunidades rurales. Fue debido a la organización de multigrado que en algún momento me comisionaron la dirección de la escuela primaria Veracruz, ubicada en un hermoso paisaje bajo el imponente Citlaltépetl. Aprender a realizar la documentación no fue difícil, afortunadamente ya tenía conocimientos básicos de computación, además que se trataba de escuelas pequeñas que no rebasaban los 80 alumnos. Sin embargo, en el séptimo año de servicio al tener la comisión de la dirección de una escuela de organización tetradocente (éramos cuatro docentes frente a grupo) me enfrenté a una situación complicada. Tuve por compañero a una persona que poco a poco fue mostrando su debilidad por las faltas a laborar. Siempre era por un mensaje de texto, el señor avisaba que no podría asistir a trabajar por encontrarse indispuesto… Hasta la indicación dio de despachar a su grupo. Ciertamente mi ego, aunque pequeño pero tengo, también se sintió indispuesto a tolerar estas situaciones a esas horas de la mañana si haber tomado café. Era increíble lo que se platicaba de él en el pueblo, situaciones hasta risibles en las que el propio maestro era objeto de burlas de sus alumnos o razones de peso como para regresar al propio profe a cursar la primaria nuevamente para que aprendiera a dividir. Todo esto llegaba a mis oídos con tono de queja, molestia, risa y resignación.

Docente inexperta, con ganas de hacer un cambio pero llena de ignorancia al no saber cómo actuar o qué hacer para silenciar esas voces de padres de familia pidiendo que hiciera que el maestro trabajara mejor. A veces me sentía incómoda, yo, una mujer de veintitantos con menos de la década de servicio, orientando y enseñándole cómo ejercer su profesión a un docente con más años de «experiencia». En algún momento llegué a desesperar y a pasarla mal por lo que estaba ocurriendo (más por lo que NO estaba ocurriendo) pues el desempeño laboral de mi compañero fue reportado varias veces a la supervisión escolar, en donde se dialogaba con el profe para pedirle «que si por favor podía hacer su trabajo por el que le estaban pagando». Claro, poco se conseguía puesto que el docente seguía faltando y perdiendo el control de su grupo cada día más.

La historia es larga, lo dejamos pendiente…